Starbucks
Starbucks vende la ilusión de lujo cotidiano a precio de capricho, y los números muestran exactamente quién paga la cuenta.
Starbucks es la cadena de café más grande del mundo: más de 35.000 tiendas en 80 países, sede en Seattle (Washington, EE.UU.) y cotización en el Nasdaq bajo el ticker SBUX. Fundada en 1971, pasó de ser una modesta tienda de granos de café a convertirse en un gigante corporativo que mueve más de 35.000 millones de dólares en ingresos anuales. Su modelo de negocio no vende solo café, vende identidad, wifi y un nombre escrito (mal) en un vaso.
Lo que la gente busca sobre Starbucks no es el menú: son los dueños, el dinero, los despidos y los trucos para no pagar de más. Eso dice todo sobre la relación amor-odio que tiene el consumidor con la marca. Starbucks es cara, lo sabe, y ha construido un programa de lealtad (Starbucks Rewards) precisamente para que sigas volviendo aunque te queje del precio.
Detrás del logo de la sirena hay una estructura corporativa pública y auditada: Starbucks Corporation es una empresa que cotiza en bolsa, lo que significa que sus cuentas, accionistas y decisiones estratégicas son, en gran medida, información pública. Lo que no publican en su web de prensa es cuánto presionan los márgenes a sus trabajadores o cuánto concentra la riqueza generada en unas pocas manos institucionales.
En los últimos años la compañía ha enfrentado sindicatos en EE.UU. (Starbucks Workers United), olas de despidos corporativos y la presión de inversores activistas. El CEO Brian Niccol, fichado en 2024 desde Chipotle con un paquete de compensación que superó los 100 millones de dólares en su primer año, es el nuevo rostro de una empresa que intenta reinventarse sin bajar los precios.