Vlad III el Empalador - La gente también pregunta
Vlad III Draculea (h. 1431-1476/77) fue príncipe de Valaquia tres veces, célebre por su resistencia al Imperio otomano y por el uso sistemático del empalamiento, y es la figura histórica cuyo nombre inspiró el título del Drácula de Bram Stoker.
Vlad III el Empalador: el príncipe valaco detrás del nombre Drácula
Vlad III Draculea nació hacia 1431 en Sighisoara, en Transilvania, hijo de Vlad II Dracul, príncipe de Valaquia y miembro de la Orden del Dragón, sociedad militar cristiana fundada en 1408 para frenar el avance otomano en Europa central. De ese título, Dracul (dragón), deriva el patronímico Draculea, hijo del Dragón, nombre por el que hoy se le conoce en todo el mundo. De adolescente, junto a su hermano Radu, fue entregado como rehén a la corte otomana de Murad II, experiencia que le dio conocimiento directo de la lengua y las tácticas militares del imperio que después combatiría.
Vlad ocupó el trono de Valaquia en tres ocasiones: un reinado breve en 1448, el periodo central de su gobierno entre 1456 y 1462, y un tercer y último mandato en 1476, interrumpido por su muerte pocos meses después. Fue durante el segundo reinado cuando consolidó su fama, imponiendo un orden severo frente a los boyardos rebeldes de su corte y enfrentándose abiertamente al sultán Mehmed II, que exigía tributo y control sobre Valaquia como paso previo a su expansión hacia el centro de Europa.
El episodio más citado de ese enfrentamiento es la campaña nocturna de 1462: en la noche del 16 al 17 de junio, Vlad atacó por sorpresa el campamento otomano cerca de Targoviste con la intención de matar o capturar a Mehmed II. El asalto no alcanzó al sultán, pero sembró el caos entre sus tropas, que días después encontraron a las afueras de la ciudad miles de prisioneros empalados, un episodio que las crónicas señalan como clave en la retirada otomana. El empalamiento, usado contra boyardos, comerciantes sajones y prisioneros de guerra, fue su método de terror distintivo, aunque las cifras que circulan, a menudo decenas de miles, no resisten una verificación histórica rigurosa.
Esa reputación se propagó por Europa central gracias a un fenómeno relativamente nuevo: la imprenta. Desde la década de 1480, panfletos impresos en alemán en ciudades como Núremberg y Estrasburgo narraron con detalle morboso las crueldades atribuidas a Vlad, un ejercicio de propaganda política tan interesado como el relato de viajeros como Marco Polo sobre tierras lejanas: información real mezclada con exageración calculada para captar audiencia. Esos textos fijaron en Occidente la imagen de Vlad como tirano sanguinario mucho antes de que existiera cualquier vínculo con el vampirismo.
Ese vínculo llegó en 1897, cuando el escritor irlandés Bram Stoker publicó la novela Drácula. Stoker tomó el nombre y la ambientación transilvana de un libro de historia de 1820 sobre Valaquia y Moldavia, pero el conde vampiro que creó no guarda relación biográfica con el príncipe guerrero del siglo XV: es una figura sobrenatural construida sobre el folclore europeo del vampirismo, no una biografía disfrazada. Esa distinción entre registro histórico y leyenda posterior recuerda, salvando las distancias, a lo ocurrido con el rey Arturo, cuya existencia real es discutida y cuya figura ha sido moldeada durante siglos por relatos añadidos mucho después de los hechos.
Vlad murió en combate a finales de 1476 o comienzos de 1477 cerca de Bucarest, en su tercer y último reinado, y su cabeza fue enviada a Constantinopla como prueba de su muerte. En Rumanía se le recuerda sobre todo como defensor de la independencia valaca frente al Imperio otomano, mientras que el castillo de Bran, promocionado turísticamente como el castillo de Drácula, mantiene con él un vínculo histórico débil y discutido: su capital real fue Targoviste y su fortaleza asociada al reinado fue la de Poenari, sobre el río Arges.
La otra figura de Europa central convertida en leyenda vampírica: Isabel Báthory, la condesa sangrienta, juzgada en 1611.