Dyson
Dyson vende la imagen de una empresa británica de alta tecnología, pero la realidad de quién la controla y dónde se hace todo es bastante más incómoda para su marketing.
Dyson es una de las marcas de electrodomésticos premium más reconocidas del mundo, famosa por sus aspiradoras sin bolsa, secadores de pelo supersónicos y purificadores de aire. Su fundador, James Dyson, la construyó sobre una narrativa poderosa: el inventor solitario británico que revolucionó el hogar con ingeniería pura. Esa historia vale miles de millones.
El problema es que la marca ha ido alejándose silenciosamente de esa narrativa cada vez que el dinero ha empujado en otra dirección. Dyson trasladó su sede corporativa de Reino Unido a Singapur en 2019, justo después de que James Dyson apoyara públicamente el Brexit. La ironía fue tan flagrante que llegó a los titulares de toda la prensa internacional.
En cuanto a dónde se fabrican realmente sus productos, la respuesta no aparece en ningún folleto de la marca. Dyson protege esa información con celo, pero los registros de importación y las investigaciones periodísticas han dejado poco margen para la duda: la fabricación masiva ocurre en Asia, muy lejos de los laboratorios de Wiltshire que protagonizan su publicidad.
La gente busca esta información precisamente porque la brecha entre el relato de Dyson y su realidad operativa es enorme. Pagar 500 € por un secador implica saber, al menos, a quién le estás pagando y dónde lo han fabricado.